Hay quien comienza temprano, con los pasos rápidos que conducen al gimnasio a las siete y cuarto y hay quien, quizá más
milennial, prefiere mostrarse en escorzos extraños, en microvídeos que marcan un gesto en general hipersexualizado -un movimiento de pelvis, la lengua que entra y sale de la boca- pero la variedad es tan infinita como de seres humanos está el mundo lleno.

© Desconocido
Aquí vale todo: las turgentes fresas que compró ayer tarde, el descenso en ascensor camino de la calle -móvil en mano, espejo de cara-, el paseo del perro antes de que se haga tarde, lo guapos que están los enanos, la abuela, que cumple 93 años... Se trata de la
vida, es cierto, pero ahora la estamos contando en directo.
Hace casi 20 años que habitamos las redes sociales y «hemos aprendido a vivir de modos cada vez más visibles y compartidos, en contacto casi permanente con audiencias potencialmente multitudinarias, vidrieras interconectadas» en las que se ventilan «ingredientes de la intimidad propia y ajena que antes se consideraban privados. Nuestros valores ya no son los que tuvieron vigencia en los siglos XIX y XX, pero las transformaciones son tan recientes y drásticas que siguen provocando perplejidad».
Bienvenidos al gran
show del yo, a las efímeras historias -artefactos, creaciones- que millones de personas comparten, compartimos, cada día a través de redes como Facebook e Instagram. ¿Siguen siendo vidas representadas o son ya obras? ¿Artísticas?
Comentario: Las redes sociales no se inventaron necesariamente porque había una necesidad de usarlas, sino porque a medida que empezamos a navegar por Internet, los desarrolladores y publicistas pudieron entender el potencial que tienen las mismas debido a cómo funcionamos psicológicamente. Como humanos, tendemos a buscar la aprobación de los demás y, en el caso de las redes sociales, un "me gusta" desencadena reacciones fisiológicas que generan sensación de placer y seguridad, lo cual a larga puede terminar siendo adictivo, especialmente cuando el contacto real con otras personas se ve deteriorado y nuestra conexión con los demás se limita a relaciones superficiales en las redes sociales. Esas dinámicas, sumadas al mismo diseño y funcionamiento de las redes, propician el comportamiento narcisista que busca constantemente mostrar una imagen ensalzada de uno mismo para obtener la aprobación de todos los espectadores.
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