La nueva histeria tragacionista consiste en reclamar la inoculación obligatoria de terapias génicas experimentales a toda la población, así como en exigir certificados que acrediten tal inoculación para poder acceder a transportes públicos, lugares de ocio e incluso al puesto de trabajo.

En este rincón de papel y tinta siempre hemos defendido que el bien común debe anteponerse a cualquier interés sectario o personal, mucho más cuando tal interés es crudamente crematístico o de control disciplinar. En este sentido, las vacunas constituyen un excelente instrumento en pro del bien común, pues protegen al vacunado, generando en él inmunidad frente a posibles contagios. No ocurre lo mismo con las terapias génicas experimentales, como demuestra un estudio que acaba de publicar la prestigiosa revista médica 'The Lancet' («Community transmission and viral load kinetics of the SARS-CoV-2 delta variant in vaccinated and unvaccinated individuals in the UK: a prospective, longitudinal, cohort study»), donde se reconoce sin ambages que el coronavirus se extiende también en «poblaciones con altas tasas de vacunación», incluso entre «personas totalmente vacunadas», quienes, además, cuando se contagian de nuevo, tienen una carga viral similar a la de las personas no vacunadas. Se agradece que una revista tan prestigiosa como 'The Lancet' reconozca paladinamente esta evidencia, que muchos hemos probado en nuestras propias carnes.
Comentario: No, la batalla que se combate no es una batalla de los sexos, ni los hombres ni las mujeres han tenido problema con esa división. La batalla fue inventada y luego justificada al buscar e inventar señales de la misma en todos los lugares posibles, y luego mantenerla viva por medio de la polémica al hacer sugerencias como cambiar la forma en la que las personas hablan y escriben.
Es el deseo de una corriente ideológica por intentar controlar la forma en la que las personas piensan, es un acto extremadamente invasivo.