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Gadafi, el líder libio que lleva 42 años en el poder sin ocupar cargo oficial dentro de la estructura estatal en su país, y actualmente, en grandes dificultades por un levantamiento popular masivo, dejó hace tiempo de ser un líder progresista para convertirse poco a poco en un compinche más en negocios de los grandes capitalistas occidentales quiénes lo bendijeron y apadrinaron en su transformación. Desde entonces el nepotismo del clan Gadafi ha ido en auge pero también la desilusión de la población libia con su líder.
Tenemos la impresión de que un gran proceso emancipatorio mundial puede verse abortado por la implacable ferocidad de Gadafi, la intervención estadounidense y la poca clarividencia de América Latina.
Describiríamos así la situación: en una zona del mundo ligada de nuevo por fuertes solidaridades internas y de la que sólo se esperaba letargo o fanatismo ha surgido una oleada de levantamientos populares que amenaza con hacer caer, uno detrás de otro, a todos los aliados de las potencias occidentales en la región.
Con independencia de las muchas diferencias locales, estos levantamientos tienen algo en común que, por cierto, los distingue radicalmente de las «revoluciones» rosadas y naranjas promovidas por el capitalismo en la órbita ex soviética: demandan democracia, sí, pero lejos de estar fascinadas por Europa y los EEUU son depositarias de una larga, arraigada, radical tradición antiimperialista forjada en torno a Palestina e Iraq.