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Gran parte de la población griega se muestra reacia a apoyar un impago de su deuda y a abandonar del euro. Pese a los enormes ajustes exigidos, continúa seducida por el mito de que la UE es el menos malo de los mundos posibles.En la madrugada del pasado martes, el Eurogrupo aprobó la concesión del segundo préstamo de ayuda a Grecia, por un monto de 130 mil millones de euros, y la reestructuración de la deuda soberana que significará la condonación de unos 107 mil millones de euros, el 53,5% del monto de los bonos tenidos por grandes bancos y fondos de inversión. Estos bonos serán sustituidos por unos nuevos títulos griegos cuyo tasación será del 30,5% de los actuales, más otros con un valor del 15% emitidos por el Mecanismo Europeo de Estabilidad Financiera. Las nuevas obligaciones, sujetas a la legislación británica y no a la griega, tendrán una duración de 30 años y devengarán un interés del 2% anual hasta 2015, del 3% hasta el año 2020 y del 4,3% hasta 2042.
Con estas medidas la troika (Comisión Europea, Banco central Europeo y Fondo Monetario Internacional) considera que para 2020 la deuda griega se habrá reducido del 160% del PIB actual a un 120,5%. Sin embargo esta valoración resulta, cuando menos, improbable y paradójica. Improbable porque, según los últimos datos oficiales de los que se dispone, este ratio aumentó un 10,3% solo en los tres primeros trimestres del año 2011 debido a la contracción de la economía; porque la tendencia sigue siendo negativa según lo certifica la revisión gubernamental al alza de la cifra del déficit presupuestario que estima para final de año llegar al 6,7% (un 1,2% más de lo previsto en diciembre); y porque todas las proyecciones hechas con márgenes menores han resultado erróneas por defecto. Y paradójica pues, de alcanzarse ese índice dentro de ocho años, a costa de enormes y graves recortes sociales, se habría llegado al mismo nivel que en 2009, punto de inicio de la crisis de la deuda griega.