De poco nos sirve un cerebro brillante y un elevado cociente intelectual si no entendemos de empatía, si no sabemos leer emociones propias y ajenas, si somos extranjeros del propio corazón y apátridas de esa conciencia social donde aprender a conectar, a gestionar el miedo, a ser asertivos... La inteligencia emocional es, lo queramos o no, la auténtica clave para ser felices.
A nadie le sorprenderá si decimos que a día de hoy el debate sobre lo que es y no es la inteligencia parece no haberse cerrado del todo. La evidencia empírica constata, por ejemplo, la existencia del factor "G" de Spearman, entendido como un fundamento básico y esencial que define todo comportamiento inteligente. También tenemos la teoría triárquica de Robert J. Sternberg, y cómo no, el popular enfoque de las inteligencias múltiples de Howard Gardner.
¿Dónde queda entonces la llamada "inteligencia emocional" de Daniel Goleman? Bien en realidad es interesante saber que esa idea,
ese concepto y esa esencia siempre ha estado presente a lo largo de la historia de la psicología. El profesor Goleman no la formuló, solo la popularizó en 1995 gracias a su libro "Inteligencia Emocional", del cual lleva vendidas ya más de 5 millones de copias.
Edward L. Thorndike, por ejemplo, definió ya en 1920 lo que él llamó la "inteligencia social",
esa habilidad básica para comprender y motivar a otras personas. David Wechsler, por su parte, y llegados los años 40, dejó claro que ningún test de inteligencia podía ser válido si no se tenían en cuenta aspectos emocionales. Más tarde, el propio Howard Gardner ya pondría los primeros cimientos con la séptima de sus inteligencias, la llamada inteligencia interpersonal, muy parecida sin duda a la emocional.
No obstante, fue en 1985 cuando apareció por primera vez el término "inteligencia emocional" gracias a la tesis doctoral de Wayne Payne, la cual, llevaba por título
"Un estudio de las emociones: el desarrollo de la inteligencia emocional". Solo 10 años después, un psicólogo y periodista norteamericano llamado
Daniel Goleman inició algo que aún no se ha detenido y que nos ha hecho descubrir a todos, el gran poder que las emociones tienen sobre lo que somos, lo que hacemos y en cómo nos relacionamos.
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