Querido mundo:
El 16 de enero, voy a hablar con Sam Harris en su podcast
"Waking Up with Sam Harris" (Despertando con Sam Harris). El Dr. Harris es uno de los llamados "Nuevos Ateos", de los cuales hay cuatro. Al igual que los otros tres: Christopher Hitchens, Dan Dennett y Richard Dawkins -con los que siempre he querido debatir-, el Dr. Harris es un tipo inteligente, y no me quejo por encontrarme con Dawkins en su lugar. Así que estoy preparando mis argumentos, cuidadosamente (aunque lo he estado haciendo durante años). Las ideas específicas que voy a compartir con ustedes hoy me estaban obsesionando desde el momento en que desperté esta mañana - con algo de vigor -, así que se las dicté a mi hijo y luego las edité con su ayuda.
El problema central de los seres humanos no es la religión, como insisten los nuevos ateos. Es el tribalismo. Esto lo sabemos en parte porque los chimpancés, nuestros parientes biológicos más cercanos, van a la guerra y no son religiosos, aunque son tribales.
El tribalismo tiene otro problema central, y no es la competencia. A pesar de la tendencia a producir, al menos temporalmente, ganadores y perdedores.
El problema del tribalismo es la cooperación, porque la cooperación es lo que nos permite existir como grupos unidos.Por definición, un grupo es
un colectivo que se orienta hacia algo de manera cooperativa. No puede estar orientado hacia
nada, por la "nada" no puede unir, solamente divide.
Por lo tanto, los ataques contra el propósito colectivo, debido a su tendencia a producir tribalismo, meramente dividen. La política de identidad, que surge cuando el propósito central es criticado de manera demasiado destructiva, inevitablemente produce la situación descrita en la historia de la Torre de Babel:
cada uno se fragmenta en tribus primitivas y habla su propio idioma.Una alternativa a la fragmentación es, por supuesto, la unión bajo un mismo estandarte, un propósito colectivo, un ideal, una causa, un propósito. El problema con la unión a través de una estandarte, como indican con razón los posmodernistas que apoyan las políticas de identidad, es que valorar algo significa simultáneamente quitarle el valor a otras. Por lo tanto,
valorar es un proceso exclusivo.
Pero la alternativa es la ausencia de valor, que es equivalente al nihilismo. Y el nihilismo no libera de la exclusión. Solo consigue excluir a todos y eso es un estado intolerable, falto de dirección, indeterminado, caótico y angustioso.
Cuando tal incertidumbre alcanza un nivel crítico aparece la respuesta opositora. Primero, el inconsciente, y luego la demanda expresada colectivamente de un líder poseído por el espíritu de la certeza totalitaria, que promete sobre todas las cosas restaurar el orden. Por lo tanto, una sociedad sin un principio unificador,
oscila sin rumbo entre el totalitarismo y el nihilismo.
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