Traducido por el equipo de SOTT.net en español

© UnknownEl monasterio armenio de Tzarakar, del siglo V.
He sido bastante explícito en que lo que estamos tratando ahora bajo la respuesta covid, la ideología woke, la cultura de la cancelación, la censura de las Grandes Tecnologías, la propaganda mediática sin parar y el
gaslighting (estrategia de manipulación a una persona forzándola), un capitolio armado y con barricadas, un gobierno controlado por los demócratas dispuesto a regalar dinero y a permitir la inmigración sin restricciones, la supresión de la expresión y la asociación religiosas, la imposición de valores perversos en nuestras gargantas, la exigencia de que neguemos la realidad de nuestros sentidos y reconozcamos absurdos absolutos -la lista podría continuar- es totalitarismo.
Al señalar y denunciar estos males, no he dudado en calificar su combinación como un arrastramiento totalitario convertido en una carrera totalitaria.
La velocidad a la que se ha infringido la libertad ha sido asombrosa. Lo vi venir hace años, cuando me enfrenté a la turba del woke en la Universidad de Nueva York. Sabía que detrás de los enloquecidos activistas de la justicia social que me denunciaron y arruinaron mi carrera académica simplemente por criticar su locura había un neoestalinismo en ascenso. Ahora, aquí estamos.
Al calificar estos acontecimientos de totalitarismo, algunos han sugerido, al menos por su silencio, que mis pronunciamientos han sido exagerados. A ellos respondo, a veces de forma implícita y de otras maneras, continuando por llamarlo como lo veo:
Prefiero equivocarme a arrepentirme. He estado dispuesto a arriesgar mi reputación dando la voz de alarma cuando realmente veo un lobo.
Comentario: Cambiar el lenguaje es la forma de cambiar la ventana de Overton:
Cómo los medios plutocráticos mantienen al personal alineado con las agendas del grupo de poder