En la cosmovisión de la mitología grecolatina el destino aparece como un poder sobrenatural inevitable e ineludible que condiciona no solo la vida de los mortales sino incluso la de los dioses ‒personificado por Ananké y por sus hijas las Morias en el mundo griego y por el Fatum en el romano.

© Desconocido¿Cortamos a veces la rama que nos sostiene?
Tanto es así que esta fuerza ocupa un lugar central en muchos de los mitos helénicos. No son extrañas las profecías que vaticinan el desastre a causa de un recién nacido y
que como consecuencia del intento por evitarlas, generalmente a través del abandono del niño, se desencadenan una serie de acontecimientos que finalmente conducen de forma inexorable al trágico desenlace.
Uno de los ejemplos más conocidos es el de Edipo, abandonado por sus progenitores y que, ignorante de sus orígenes, mata a su padre y se casa con su madre. Pero incluso los dioses están a merced de estas profecías, como demuestra el caso de Cronos, que no pudo hacer nada por evitar que Zeus le destronara, a pesar de que ya sabía que iba a suceder.
Las profecías autocumplidas vuelven a aparecer una y otra vez en las épocas y culturas más distantes, desde la epopeya india
Mahabharata hasta muchos de los relatos de
Las mil y una noches, pasando por innumerables cuentos de hadas europeos o por algunas de las obras más importantes de la literatura occidental, como por ejemplo en el shakesperiano
Macbeth, en el que tres brujas anuncian al protagonista que se convertirá en rey, pero al mismo tiempo le advierten que tenga cuidado con Macduff. En efecto, en última instancia se descubre que todas las precauciones de Macbeth no podrán evitar su muerte a manos de Macduff.
Tal es su importancia que lo vemos incluso en relatos modernos, en personajes como Darth Vader o Lord Voldemort, cualquier precaución para evitar que se conviertan en lo que se había predicho es inútil.
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